Cuando cualquiera de nosotros escuche que una persona es más lista que otra tiene absoluto derecho a preguntar: ¿listo para qué?

A raíz de un vídeo que hace poco circulaba por nuestras redes sociales sobre la imposibilidad de evaluar a un pez en función de su capacidad para trepar a las copas de los árboles, empezamos a plantearnos cuestiones sobre nuestro sistema social . . .

Para empezar, nuestro sistema educativo (la base de una sociedad) evalúa nuestra trayectoria vital en función del grado de ajuste a un modelo estrecho y preconcebido, que es el que da como fruto el conocido Cociente Intelectual (CI) y las pruebas que lo miden. Ya de por sí, para todo aquel que sea un poco curioso, es cuanto menos peculiar que un número, un sencillo número obtenido con una serie de pruebas realizadas un día, en un momento determinado, nos diga si somos listos, tontos o un punto intermedio que en la mayoría de las ocasiones parece que es donde mejor se puede estar. En nuestra opinión, sin embargo, existen miles de formas de alcanzar el éxito y multitud de habilidades diferentes que pueden ayudarnos a lograrlo. Habilidades que no se pueden evaluar con unas simples pruebas sino que son mucho más complejas de analizar. Cualquier talento no es sino la capacidad de adaptación a nuestro entorno, lo que llamamos: inteligencia. Por eso en los últimos años han tenido lugar diferentes estudios que sostienen que inteligencias, como tal, hay más de una. Y no solo eso, sino que cada cultura y cada persona entiende esas inteligencias a su manera, que a la postre, varían con la edad. ¡Como para poder resumir si alguien es A o B, bueno o malo en general, o lo que es lo mismo, si es listo o tonto!

Nos centramos en algunos ejemplos que todos entendemos y que en nuestra experiencia han sido muy habituales: ¿no habéis conocido nunca a nadie que haya sido obligado por su familia o por sus circunstancias a realizar determinados estudios o a entregarse a determinada profesión, y es un fuera de serie en otro tipo de habilidades que sin embargo no le dan de comer? ¿no os habéis dado nunca de bruces con el caso de un hijo, un sobrino o un primo que, aun explicándole lo importante que es el inglés y a pesar de sus encomiables esfuerzos por aprenderlo, no consigue alcanzar ni de lejos la brillantez que tiene de forma natural jugando a tenis, pintando un lienzo o tal vez analizando el mapa social de un determinado grupo, como su clase o su grupo de amigos?

Hoy en día solo algunos colegios (pocos en nuestro país) plantean sus programas según esas inteligencias múltiples. Y una de las consecuencias directas de obviar la complejidad del ser humano en este ámbito es que muchas personas sean lo que consideramos inerciales, es decir, que tienden a dejarse llevar por la inercia social e ir a la Universidad, porque es “lo que toca” tras el Instituto, y después a trabajar, porque es “lo que toca” tras la Universidad . . . , pero sin darlo todo de sí mismos nunca. Hay otros que son transaccionales: en sus obligaciones educacionales cumplen haciendo lo mínimo y solamente estudian por obtener un título. Después en su trabajo cumplirán con lo justo solamente por el sueldo. Y probablemente establecerán una relación con una persona por un deslumbramiento inicial o por una conveniencia lógica: ¿¡tener pareja también es lo que toca!? Al final, y aunque suene duro: mediocres en todo. Y lo que es peor, mediocres consigo mismos. Porque años más tarde, alrededor de los 40 o de los 50 años, este será uno de los motivos de las grandes crisis de la madurez, cuando estas personas se den cuenta de que no hay una segunda juventud para corregir determinadas cosas.

No nos cerremos ni cerremos el campo en el que poder jugar. Si hacemos algo, que sea por gusto. Y si es así, si nos gusta lo que hacemos y por tanto hacemos lo que nos gusta, seremos “listos en ello” sin darnos cuenta.

“Everybody is a genius. But if you judge a fish by its ability to climb a tree, it will live its whole life believing that it is stupid . . . “
Albert Einstein